En el artículo anterior hablábamos de los riesgos tangibles del internet: retos virales, privacidad, extraños... los sospechosos comunes. Pero hoy quiero que apaguemos un momento la alarma del peligro físico y hablemos de un daño silencioso, invisible y mucho más profundo: lo que las redes le están haciendo a nuestra mente y a nuestro valor propio. Cuando yo era chico, si tenías un mal día en la escuela, tu casa era tu refugio. Cruzabas la puerta y el mundo exterior se pausaba hasta el día siguiente. Hoy, nuestros hijos llevan la escuela, la crítica, la competencia y la presión social metidas en el bolsillo las 24 horas del día. No hay botón de pausa. Como profesional en sistemas, sé perfectamente cómo se construyen estas plataformas. El negocio de una red social no es conectarte con tus amigos; su negocio es retener tu atención el mayor tiempo posible. ¿Y cómo lo logran? Alimentando algoritmos que premian lo extraordinario, lo perfecto, lo estético... y lo falso. El resultado es un fe...